viernes, 26 de octubre de 2012

Una noche cualquiera.


Me encuentro tumbado en mi hamaca, como en cada uno de los segundos que tengo en mi memoria, observando las estrellas que hacen brillar a la luna en la oscuridad de la noche, al mismo tiempo que escucho a los búhos susurrarles para que les oigan.
Recorro mi alrededor con la mirada, apreciando primero una pequeña cabaña de madera a mi derecha, en cuyo interior nunca he estado. La luz tenue que emana de la chimenea a través de la ventana deja asomar el reflejo de los muebles color caoba, que indican que seguramente es mi hogar, un hogar acogedor del cual no tengo recuerdos.
Continuo recorriendo el resto del paisaje con mis ojos, aunque tengo la sensación de que es algo más profundo, cómo si mis ojos tratasen de descubrirme algo.
Detrás de la cabaña comienza un espeso bosque que alcanza hasta donde me llega la vista, de derecha a izquierda, separado de mí únicamente por un lago de aguas cristalinas cuyo límite sitúo justo a los pies de mi hamaca.
Y es entonces cuando lo veo, encuentro lo que estaba buscando. Surge del fondo del lago, a la orilla del bosque, trotando por encima del agua. ¿Acaso me he vuelto loco? Es un elegante corcel del color del atardecer, un tono rojizo que, a juego con sus ojos negros como el carbón, terminan enamorándome. El bello animal se acerca galopando, con su mirada clavada en la mía. Justo en el momento en que salta hacia mí, cuando está en pleno vuelo, es cuando me desengaño y caigo en la cuenta de que para él soy una amenaza, soy algo que no debería estar aquí.
Pero justo entonces, en ese momento de tensión, la bella criatura comienza a desvanecerse. Poco a poco se evapora su cabeza, su crin, sus musculosas articulaciones. Todo esto desaparece para dar lugar a un espacio vacío, blanco, que se va extendiendo devorando el lago, el bosque y, por último, la cabaña.
Así es como me doy cuenta de que no soy lo que pensaba que era, me doy cuenta de lo que de verdad estaba buscando, quería tener un recuerdo, el sentimiento de pertenecer a algún lugar, comprendiendo que no soy más que otro muñeco dibujado a merced del lápiz y goma de mi creador. Y vosotros, ¿qué sois?

viernes, 19 de octubre de 2012

"El Buscador", de Jorge Bucay

Recordando una hermosa historia que cuenta Esther Sanz en su libro "El bosque de los corazones dormidos" me he dispuesto a encontrarla. Sin embargo navegando por internet me he enterado de que esa historia es el cuento "El Buscador" de Jorge Bucay pero con el personaje del buscador y el nombre de la ciudad cambiados, así que os dejo el cuento original "El Buscador" de Jorge Bucay:

Ésta es la historia de un hombre al que yo definiría como un buscador. Un buscador es alguien que busca. No necesariamente es alguien que encuentra. Tampoco es alguien que sabe lo que está buscando. Es simplemente alguien para quien su vida es una búsqueda.

Un día, un buscador sintió que debía ir hacia la ciudad de Kammir. Él había aprendido a hacer caso riguroso a esas sensaciones que venían de un lugar desconocido de sí mismo, así que dejó todo y partió.  

Después de dos días de marcha por los polvorientos caminos, divisó Kammir a lo lejos. Un poco antes de llegar al pueblo, una colina a la derecha del sendero le llamó la atención. Estaba tapizada de un verde maravilloso y había un montón  de árboles, pájaros y flores encantadoras. La rodeaba por completo una especie de valla pequeña de madera lustrada… Una portezuela de bronce lo invitaba a entrar. 

De pronto sintió que olvidaba el pueblo y sucumbió  ante la tentación de descansar por un momento en ese lugar.  
El buscador traspasó el portal y empezó a caminar lentamente entre las piedras blancas que estaban distribuidas como al azar, entre los árboles. Dejó que sus ojos fueran los de un buscador, quizá por eso descubrió, sobre una de las piedras, aquella inscripción: “Abedul Tare, vivió 8 años, 6 meses, 2 semanas y 3 días”.  
Se sobrecogió un poco al darse cuenta de que esa roca no era simplemente una piedra. Era una lápida. Sintió pena al pensar que un niño de tan corta edad estaba enterrado en ese lugar… 

Mirando a su alrededor, el hombre se dio cuenta de que la piedra de al lado también tenía una inscripción, se acercó a leerla. Decía: “Llamar Kalib, vivió 5 años, 8 meses y 3 semanas”.  
El buscador se sintió terriblemente conmocionado. Este hermoso lugar era un cementerio y cada piedra era una lápida. Todas tenían inscripciones similares: un nombre y el tiempo de vida exacto del muerto, pero lo que lo colmó de espanto fue comprobar que el que más tiempo había vivido apenas sobrepasaba los 11 años. 

Embargado por un dolor terrible, se sentó y se puso a llorar.  
El cuidador del cementerio pasaba por ahí y se acercó. Lo vio llorar en silencio durante un rato y le preguntó si lloraba por algún familiar. 

- No, no es por ningún familiar. – dijo el buscador - ¿Qué pasa con este pueblo?, ¿qué cosa tan terrible hay en esta ciudad?, ¿por qué hay tantos niños muertos enterrados en este lugar?, ¿cuál es la horrible maldición que pesa sobre esta gente, que la ha obligado a construir un cementerio de chicos?.

El anciano sonrió y dijo:  

- Puede usted serenarse, no hay tal maldición. Lo que pasa es que aquí tenemos una vieja costumbre. Le contaré: cuando un joven cumple 15 años, sus padres le regalan una libreta, como ésta que tengo aquí colgando de mi cuello. Y es tradición entre nosotros que, a partir de ese momento, cada vez que uno disfruta intensamente de algo, abre la libreta y anota en ella a la izquierda qué fue lo disfrutado; a la derecha, cuánto tiempo duró ese gozo. ¿Conoció a su novia y se enamoró de ella?, ¿cuánto tiempo duró esa pasión enorme y el placer de conocerla: una semana, dos, tres semanas y media...?. Y después, la emoción del primer beso: ¿cuánto duró: el minuto y medio del beso, dos días, una semana?. ¿Y el embarazo o el nacimiento del primer hijo?, ¿y el casamiento de los amigos?, ¿y el viaje más deseado?, ¿y el encuentro con el hermano que vuelve de un país lejano?... ¿Cuánto duró el disfrutar de estas situaciones?… ¿horas?, ¿días?…  
Así vamos anotando en la libreta cada momento. Cuando alguien se muere es nuestra costumbre abrir su libreta y sumar el tiempo de lo disfrutado para escribirlo sobre su tumba. Porque ése es para nosotros el único y verdadero tiempo vivido.

viernes, 12 de octubre de 2012

Diario de la Tierra


Hola me llamo Tierra y tengo un problema.
Desde hace algún tiempo habitan en mí unas criaturas que se hacen llamar ‘humanos’. Al principio eran sensatos, amables. En general me cuidaban: labraban mis tierras, cuidaban mis bosques, daban de comer a mis animales, me respetaban en lo que podían. Pero desde hace unos años se han vuelto unos maleducados  y han dejado de cuidarme, son como una plaga de infecciones. No aprecian los árboles que les doy y los talan, les proporciono una barrera de defensa contra la radiación ultravioleta y se empeñan en destruirla. Tan sólo piensan en ellos mismos y en sus problemas sin darse cuenta de que me están maltratando, me están haciendo lo que ellos denominan ‘bullying’.
Yo lo estoy empezando a pasar mal, se me están empezando a derretir los polos y empieza a subir mi temperatura. Espero que no llegue a más pero eso depende de ellos. Es cierto que muchos humanos se preocupan verdaderamente por mí, entre ellos unos que creo que se llaman ‘ecologistas’ o algo así, y otros hacen lo que pueden, pero muchos otros no piensan en mí y parecen no entender que si yo muero ellos mueren conmigo.
Sólo espero que vuelvan a ser como antes y me respeten porque si no lo hacen todos saldremos perdiendo.

viernes, 5 de octubre de 2012

Tuerquita y Nowar.


Érase una vez una enternecedora pareja formada por Tuerquita, una tierna tuerca de plata, y Nowar, un redondo pendiente rojo y blanco que no le temía a nada.
Un día, Tuerquita y Nowar descansaban en el escritorio de su encantadora dueña Mir que en aquel momento se había cabreado con el mundo. En un impulso, la enfadada Mir golpeó su escritorio haciendo que la joven pareja se tambaleasen y se separasen. Tuerquita se agarró al cable de la tele, pero Nowar no tuvo esa suerte y cayó al suelo, desapareciendo ante los ojos de su tuerca y su dueña.
Durante los siguientes días Tuerquita buscó desesperadamente por todos los lados posibles: el suelo, el escritorio, la caja de los pendientes…pero su pareja no daba señales de vida. Mir, al ver tan triste a su tuerca, probó a juntarla con distintos pendientes, pero no era lo mismo. Tuerquita sabía que no iba a encajar con ningún otro pendiente como lo hacía con Nowar.
Pasaron los días y Tuerquita seguía buscando a su redondo Nowar, recordaba todos los momentos que habían vivido juntos, cuando los crearon en China, su empaquetamiento y llegada a España, su estancia en el Bazar, cuando Mir los compró y se los puso por primera vez, el momento en el que Eleblan reabrió el agujero de la oreja de Mir con Nowar…
Fue entonces cuando, sin querer, se cayó de la oreja de Mir y se golpeó contra el suelo.
Al despertarse no veía nada, sólo oscuridad, sólo escuchaba voces. “¡Se ha despertado!” “¡Está viva!” Pero fue una voz la que le hizo llorar de la emoción:
-Tuerquita, ¿reconoces mi voz?¿Cómo te encuentras?¿Qué te ha pasado?
-¿Nowar eres tú?
-Sí soy yo- se notaba un tono de alivio y alegría en la voz del redondo pendiente.
-Oh Nowar,  ¡te he echado tanto de menos! ¿Quienes son todos estos?
-Estos son objetos que Mir perdió estos días, están Rojita (la pulsera) y Bic, su boli azul.
-¿Y cómo vamos a volver?
Justo cuando Tuerquita termina la frase todos notan como unos pelos suaves y otros más ásperos los arrastran hacia una especie de luz que hay en el fondo. Es entonces cuando descubren dónde estaban, al caerse se habían golpeado y habían terminado debajo de la cama. Los pelos, que resultaron ser la escoba, se quedaron quietos y Mir reconoció a cada uno de los objetos que había perdido. Metió a Bic al estuche, a Rojita la colocó en la estantería y a Tuerquita y Nowar los guardó con sus gemelos en la caja de los pendientes.
Desde ese momento Tuerquita y Nowar decidieron huir y esconderse en algún lugar de casa de Mir, de forma que ella ya no sabe donde están.

Moraleja:  nunca te des por vencido cuando sueñes con algo.